Viernes en la noche.
Me pierdo en las fechas. Cozumel tiene ese efecto sobre mí. Y eso que doy clases, las preparo, asisto... debería estar más enterada de qué día es hoy. Voy a ver.
Sí, mis sospechas eran ciertas. Es 3 de diciembre. Dentro de cinco días cumple un año Iker y me pregunto si lo volveré a ver antes de que cumpla 18 años y decida por él mismo conocerme, aunque sea por mera curiosidad.
Pasé la tarde haciendo los exámenes parciales. Ahora falta la guía, pero ya no la voy a hacer hoy. Es viernes de cuba. Me quedó la costumbre de los viernes dionisíacos.
El Royal comienza a alejarse de aquí. Va hacia el sur, probablemente a Roatán, señal de que su viaje aún no terminará. Hoy hubo muchos cruceros y ayer también.
Ay, cómo cambia la vida. Es impresionante. Deveras que es cierto eso de ¿quieres hacer reir al destino? Cuéntale tus planes. Por eso decidí no hacerlos más. Un poco de diseño y ya pero ilusiones no ¿para qué? Mejor así, lo que caiga es bueno.
Y la mente, Dios mío! Es capaz de crear mundos sobre mundos y volver mitómano a cualquiera.
Mis peces están más inquietos que nunca, tiran y tiran cada uno para su lado.
Hablando de peces y de lo muy piscis que soy, hoy pensé que el pez por la boca muere. Y que el ser humano vive tropezando con la misma piedra una y otra vez.
A ver, escribiré un cuent al vuelo.
La esfinge Maragata.
Así le decía su madre porque no lloraba ni reía. Pero se me hace que sí lloraba y también reía. Tendría la esfinge cinco años aquella tarde de verano cuando perdió su pulserita en el jardín. La buscaba por todos lados: bajo el tendedero, junto al aguacate, en los limones, por donde estaba la colchoneta y nada, nada de pulserita. Su nana le dijo ¿No la encuentras? Llora y va a aparecer.
Pero ella no lloraba; no por orgullo ni nada en especial, simplemente no le daban ganas. Empezó a oscurecer y la nana se dio por vencida. Supo que la esfinge no iba a llorar y le entregó la pulsera.
Años después, siendo una adolescente, su hermano hizo un comentario que la sorprendió. Estaban viendo ensalada de locos y ella rió con gusto por alguna tontería. El dijo Es la primera vez que te escucho reir. Y ella guardó esas palabras y las meditó en su corazón. Tan hondo calaron que no las olvida.

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