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lunes, 28 de marzo de 2011

El tsunami de nuevo en mis sueños.


Otra vez el tsunami que cuando yo era chica se llamaba maremoto ¿o no es lo mismo? Es el segundo sueño que tengo sobre el mismo tema, pero ahora fue largo y detallado.
Estábamos buscando casa (otro sueño repetitivo) y yo quería Petrarca. Estaba junto a la de Málaga. Petrarca estaba a punto de desocuparse y los inquilinos no habían estado agusto viviendo ahí. Yo pensaba que sería una buena solución vender Málaga y comprar Petrarca. después meditaba y consideraba una tontería vender una casa mucho más grande y bonita para cambiarla por la pequeña. En eso estábamos, creo que Elisa, Marilú, Adrián y yo, cuando desde la terraza de la casa veíamos el mar retirarse. Primero sólo un poco, pero el efecto siguió. Las reacciones fueron variadas. Primero pensamos en huir, pero por alguna razón tardábamos en hacerlo. Además, como que no había hacia dónde.
Alguien no se atrevía a manejar mi camioneta (que era la cadillac de Marilú).
Los minutos pasaban y la gente poco a poco se acercó a ver el fondo marino, incluso a caminar sobre él. Era rocoso. El mar ya estaba lejísimos. Adrián y yo fuimos de los excursionistas. Algún problema con una familia, no recuerdo bien qué sucedía; creo que eran los que vivían en Petrarca, pero como que teníamos obligaciones hacia ellos.
El hecho es que nos fuimos de ahí sin mirar atrás (¿alguna coincidencia?) y nos aventuramos por el lecho marino. No había peces muertos ni cosas por el estilo, pero sí pequeñas rancherías delimitadas con las típicas bardas de palitos y alambre de púas. Concluímos que eran islotes de los cuáles no habíamos sabido nunca su existencia.
Caballos. Sus dueños sin pensar en el fenómeno nos los ofrecían en renta y aceptábamos. Montábamos y dábamos algunas vueltas por ahí y el caballerango nos decía -Llévenlos a las calles, les gusta caminar por pavimento. Nos íbamos hacia allá, pero de repente no eran caballos lo que habíamos rentado, era una perrita pug, curiosamente muy parecida a Emma, y con el mismo nombre. Cuando llegamos a la casa con ella yo me sentía un poco culpable. Se iban a enojar porque habíamos pagado por rentar a una perrita, en vez de sacar a pasear a Poulette o a la Emma original. El caso es que la dejamos afuera y cuando me asomo por la ventana desubro que la pug era en realidad una ardilla voladora. Volaba con rapidez y se lanzaba contra paredes de concreto en donde quedaba adherida como tapete y lista para dormir. Alguien la molestaba y se tenía que ir. Volaba entonces hacia una pared de blocks que estaba junto a nuestra casa y ahí se pegaba. El dueño de los caballos, que ahora era el dueño de la ardilla voladora regresó enojado porque nos habíamos ido sin pagar. Hablamos con él.
Antes de todo eso, yo había escuchado a dos hobre hablar con gran conocimiento de causa y decían que no sería un tsunami arrasador, que el mar simplemente volvería a su sitio y eso me tranquilizó. Fue por eso que me atreví a adentrarme al mar vacío.
La gran ola nunca llegó en mi sueño. Lo que más duró fue el lecho vacío, la gente caminando por las rocas.
Creo que no me preocupaba tanto el tsunami como el problema de la vivienda. El hecho de no saber cuál era mi casa.

domingo, 20 de marzo de 2011

Madre mía ¡pero deveras que esos buitres dejaron huella! Acabo de encontrar un blog pasado en el que también incluí la foto y en el que hablo casi exactamente de lo mismo. Lo que pasa es que este último lo escribí pensando en que formara parte de una colección de relatos y pensé ¿lo subo al blog? Y no chequé que ya había uno casi igual. Qué más dá, nadie sabe de este blog. Sólo yo veo mis errores, pero por si acaso algún día alguien se asoma por aquí, hago la aclaración. Conste.

Los buitres

Buitres, zopilotes, auras, ve tú a saber. Los he visto toda mi vida volando en las alturas, sostenidos por la bolsa de aire que se hace por el cerro de la Mitras. De chiquita les decía auras y para mí era normal. Ya más grande me preguntaron que de dónde había sacado ese nombre y yo dije que Santos, Gaby, Mary y todas ellas les decían así y por lo tanto mis hermanos y yo (los de la segunda camada) les decíamos auras.
Pero dejé de llamarles auras, como dejé de andar descalza.
Aunque no pueda decir de ellos ¡pero qué tierno animal! siempre los vi con simpatía, como parte de mi entorno.
Cuando me sumergí, allá por los años setenta en Reino Salvaje, en los libros de Félix Rodríguez de la Fuente, en la vida íntima de los animales y las largas pláticas con mi gordito aprendí que sin ellos no podríamos vivir. Lo había sabido siempre, pero como que me adentré más en detalles científicos sobre lo que sería un mundo sin buitres, las bacterias y todo eso. Y sé que no siempre son carroñeros. Los he visto llevar en sus garras un polluelo de urraca que tampoco se llama urraca (he llegado a la conclusión de que son chanates).
La cosa no es si los buitres son útiles o no. Todo lo puesto por la naturaleza lo es. El problema con ellos o más bien conmigo, es que un día yendo a dar clases a la prepa, me los encontré en la calle por la que siempre doy vuelta, ahí por donde está el convento de las adoratrices. Eran un montón y me detuve a ver qué estaban comiendo. Ellos apenas si daban pequeños saltos como diciendo pásale y déjanos comer en paz. Pero ahí voy, muy a lo discovery channel y empiezo a filmarlos. Primero pensé que lo que comían era una cabra -olvidé que en esta isla no hay cabras- pero no, era un perro del que todavía se podían distinguir la cola y parte de las orejas. Estúpida de mí que abro la ventana para filmar más de cerca y el hedor de la muerte entró de lleno por todos lados, sobre todo por mis fosas nasales hasta llegar a taladrar el cerebro. Qué asco, dije en voz alta, pero seguí tratando de ser profesional (o morbosa). Y en el pecado llevé la penitencia, pues el olor me acompañó muchas horas.
Los tuve presentes durante toda la clase. Primero se lo conté a una maestra y le mostré el video. Los buitres comiendo algo al ritmo del reggetón que, sin darme cuenta quedó grabado. Y ahí los estoy observando peleando por un pedazo de carne mientras se escucha “iban por bronceado y sus amigas buscaban acción, reggetón, piden reggetón”. Así funciona en las películas. La canción más tierna e infantil se puede tornar macabra si al mismo tiempo ves a un loco destazando a una mujer. Aquí la música que incita a bailar aunada a la escena de los buitres comiendo al perro resultó una combinación extraña, digna de un thriller.
Después intenté dar clase de historia, pero terminé contando lo que acababa de ver. Un alumno me dijo que él creía que se llamaban zopilotes y le dije que sí, que era lo mismo. Terminó la clase, llegué a casa y vuelta a contar lo que había visto. Pero ahora empecé a sentir que me estaban provocando miedo. Yo sé mi cuento y yo sé por qué. Jamás me dan miedo los animales, creo que ni las cucarachas. Pero esta vez era distinto. El perro era yo, que morí al aire libre en esta isla tan llena de vida y de buitres. Ellos me encontrarían primero, claro. Son expertos. Esa pesadilla me acompañó muchos días.
Al día siguiente pasé por el mismo lugar. La cola del perro ya estaba completamente pelada. Los buitres seguían ahí porque el pobre perro, o el afortunado perro que ya no sentía dolor, tenía todavía pedazos de carne o de piel que ofrecer.
Antes de entrar al salón le dije a mi muy querido alumno que ahí seguían los buitres. El me dijo que le había preguntado a su abuelita y ella le había confirmado que, en efecto, eran zopilotes. Es un regionalismo, dije; quizá venga de zopilotl o algo así. Es como decir búho o tecolote; pavo o guajolote. En fin, el caso es que me pregunta Maestra ¿por qué no toma otro camino para llegar aquí si no quiere verlos? Y con esa pregunta me quedé todo el día: ¿Por qué sigo haciendo lo mismo si no lo quiero hacer?

martes, 8 de marzo de 2011

AAAAAAAhhh! Cómo me da coraje que algo que escribí y pulí, se pierda por una estupidez en la red. Acabo de hacer eso.