Powered By Blogger

domingo, 27 de enero de 2013

El imprevisto, María y yo.

Niñas y pre-adolescentes aburridas, eso éramos. Yo odiaba el verano, María no. Yo lo odiaba porque duraba mucho y porque el invierno era breve; eso convertía al verano en rutina y aunque ciertas rutinas tienen su encanto y dan seguridad ¿qué le voy a hacer? Yo quería novedades. Una tormenta nos sacaba de la rutina, por eso a mí me encantaba; además de que los rayos, el viento, la lluvia y los truenos muestran el poder de la naturaleza. Lo sublime me atrae: un tornado, un abismo, un mar furioso, un huracán. A María no le gusta nada de eso. Yo podría cruzar un acantilado por un puente colgante porque me gusta la adrenalina, María temblaría sólo de imaginarlo. A mí me gusta estar en el mar, nadar con mi snorkel e irme lejos, casi perderme, María le tiene miedo al agua.
De niñas, la llegada de septiembre me emocionaba, porque además de que terminaba el verano, comprar libros, forrarlos e ir a clases, era algo diferente al hastío de mi casa oscura y caliente. A María  no le gustaba el colegio y forrar libros le daba flojera.
Cuando llegaba el primer frente frío mi corazón brincaba de gusto. El de María se ponía triste porque le gustaban las flores y el sol. Éramos y somos muy diferentes pero muchas cosas nos unían. Una de ellas era el deseo de que algún día llegara a nuestra casa el imprevisto. Deberíamos llamarlo lo imprevisto, pero nosotras le dimos personalidad y siempre que escuchábamos el timbre nos mirábamos y decíamos "El imprevisto". Hubo alguno que otro evento que nos sacó de la rutina, pero nada emocionante. 
Las dos éramos tímidas, pero con una timidez diferente. Yo tenía el deseo de aventura por dentro y quizá por eso hacía cosas inesperadas para los adultos. María sufría el miedo al abandono, miedo que yo también tenía pero que convertí en otra cosa. Yo nunca lloraba. María lloraba por todo. Fuimos niñas de nanas, niñas llenas de hermanos, niñas solas, niñas temerosas. Niñas que se escondían debajo de la mesa cuando llegaban las tías  -cómo si nos fueran a notar-, niñas que nunca llegaron a ser nadie para la abuela (¡otra mujer! dijeron cuando nacimos). María y yo entendemos lo que es sentirnos en "día del pasado",  sabemos cómo se escucha el ladrido de un perro en una larga noche de insomnio infantil, cómo se oyen las chicharras y entra el sol vespertino por las pesadas persianas de la sala. Conocemos esa triste sensación de llegar de vuelta a Monterrey en agosto, caminar descalzas por el piso caliente de la cocina y querer salir volando de nuevo a Chapala, donde había tantos primos, diversión, libertad, aventura, una mamá contenta, caballos, alberca, cosas diferentes cada día.
 Hoy pienso que tal vez el imprevisto vivía en Chapala, porque ahí no lo extrañábamos.

No quiero cantar Victoria; soy supersticiosa (me gustaría más cantar con Victoria Boeldieu). Pero lo voy a tratar de explicar.
Un día de diciembre, hará como un mes, algo hizo que el pedacito de espejo que construyó el enano malvado de la Reina de las Nieves, se saliera de mi ojo. Se había instalado ahí un mal día del 2002. Recuerdo el instante en que eso sucedió, en Petrarca, y recuerdo mis palabras (pensadas), entre sorprendida y asustada: "Estoy aburrida". Hacía mucho que no albergaba ese sentimiento. No desde que crecí. De niña sí, de niña me aburría y vivía esperando que el imprevisto tocara la puerta de mi casa. No me importaba qué cara tuviera, ni en qué forma se presentara. Quería que algo pasara, lo que fuera: la visita de una tía, una tormenta, que se fuera la luz, que hubiera un funeral, un accidente, cualquier cosa que nos sacara de la asfixiante rutina a mi hermana y a mí. Los demás, no sé. Al parecer sí se divertían.
Siempre me gustó pintar, construir, trabajar con mis manos. Pero más o menos en 1980, cuando trabajaba de copy en Stereo Rey, mamá me enseñó a tejer con dos agujas. Lo primero que hice fue un suéter color vino para Adrián y me divertía tanto tejer, que sólo quería estar en casa para hacer eso.
Después vinieron miles y miles de trabajos manuales diferentes. Infinidad de materiales pasaron por mis manos. Hice de todo. Entrar a una tienda donde vendieran pinturas, pinceles, madera, cualquier clase de herramienta o material, aceleraba mi corazón. Viví incontables horas felices creando objetos. Vendí y regalé muchos de ellos y otros tantos los conservo aún. No sabía lo que era estar aburrida. En mi pequeño tapanco las horas pasaban sin que me diera cuenta. Hasta ese día en que el espejo entró en mi ojo y no me dejó ver más que hacia dentro de mí en donde solo encontré soledad. Y sufrí, lloré, me angustié. Tuve miedo, tuve pánico. Bajé al infierno de la desesperación.
Después de varios años, mientras la corriente del desamparo ontológico me arrastraba a su gusto, logré asirme a un tronco que me mantuvo en la orilla un buen rato y creí que había llegado a las islas afortunadas. Fui muy feliz. Pero la rama que me sostenía se quebró y ahí voy dando tumbos, y la corriente fangosa me llevó a un lugar mucho peor, al tártaro hirviente. A punto estuve de sucumbir, pero no, aquí sigo.
Diez largos años pasaron: 2002-2012. Hoy estoy en paz, aún no muy feliz, pero sí contenta y tranquila. Creo que he dado el paso de la aceptación. Creo que durante los últimos cuatro años vomité el veneno que traía en el alma a diestra y siniestra y el pasado diciembre acabé; sentí el alivio que se siente cuando terminas de vomitar. Por eso digo que estoy tranquila; ese es el tipo de felicidad que tengo, la que sientes cuando por fin sales de una enfermedad o se te quita un dolor. Descanso.