Solía
ser un pez
Mara era dulce y
desconcertante, era prudente e inconsciente, era llena de gracia pero no lo
creía. Se sabía mala, muy compasiva y misericordiosa y hoy, sentada en un
camastro de la playa del Money Bar en Cozumel, releía lo que había estado
escribiendo las últimas semanas.
Pidió una cerveza y unos
nachos y leía una y otra vez la descripción del Mono. La había copiado en su
moleskine con una caligrafía bonita, realizada con un marcador de punta plana y
con tinta sepia. Estaba escrita como un verso y la había encontrado en donde se
encuentra todo, en internet:
Soy
el oportuno,
Viajero del laberinto.
Genio de la vivacidad,
Brujo de lo imposible.
El esplendor de mi originalidad
No conoce par.
Lleno está mi corazón de potente magia
Capaz de mil ensalmos.
He sido hecho
Para mi propio placer.
SOY EL MONO
Viajero del laberinto.
Genio de la vivacidad,
Brujo de lo imposible.
El esplendor de mi originalidad
No conoce par.
Lleno está mi corazón de potente magia
Capaz de mil ensalmos.
He sido hecho
Para mi propio placer.
SOY EL MONO
Hacía mucho que sabía
que, para el horóscopo chino, ella había nacido en el año del mono. Pero olvidó
el asunto porque jamás se sintió identificada. Esa persona que describían ahí,
un ser con una buena dosis de egocentrismo, no tenía nada que ver con ella. En
cambio el horóscopo tradicional, que la marcaba como una dulce piscis, le
quedaba a la perfección. No había duda alguna: Mara era piscis y siempre lo
dijo con orgullo. Le gustaba el mar, nadar entre los peces, los zapatos le
molestaban, le gustaba el arte y caminar descalza. No era una ferviente seguidora de lo
esotérico, pero le gustaba que le dijeran cómo era. Fue muchas veces a que le
leyeran las cartas, el café, la mano, cualquier cosa tratando de encontrar algo
que la convenciera que existían cosas más allá de la ciencia, pero nunca encontró
un vidente que la convenciera.
Ya no era la misma. Los
años no pasan en vano y había cambiado de manera de ser, o había dejado salir a
la que realmente era. Pero había olvidado por completo que cuando leyó la
descripción del mono pensó que no le quedaba para nada. Ahora había leído de
nuevo todo acerca del mono y casi se veía en un espejo. Mara decidió hacer una
comparación entre los atributos del mono y los suyos y esto fue lo que
escribió:
SOY EL OPORTUNO
Mira que me la pusieron difícil. Oportuno... ¿Soy oportuna? Pues
depende en qué y para qué, porque a veces soy de un inoportuno que da miedo.
Pero no sé, hace unos meses me dijeron que llegué como caída del cielo y que yo
era exactamente lo que buscaban. Aunque luego ni hice nada de lo propuesto
porque ya no quise, porque me dio flojera, porque la oportunidad la busco para
huir, para esconderme, para quedarme en mi zona de confort (expresión de moda
con forma de sillón).
Sí, sí he sido oportuna o la vida lo ha sido conmigo. Fui oportuna
al decir No, no tengo la lista de libros
y fui muy oportuna al no volver a dirigirle la palabra a aquel compañero que me
pidió la dichosa lista en mi primer semestre de prepa y que me hubiera cambiado
la vida por completo.
Oportuno, oportunidad y oportunistas. Dicen que a la oportunidad
la pintan calva. Y yo siempre la he sabido aprovechar. A veces me sale el tiro
por la culata -nadie es perfecto-, pero por lo general sé actuar en el momento
oportuno. Cuando era niña tuve la oportunidad de robarme una bicicleta. No
había nadie y la bici estaba ahí, solita. Yo en realidad no la necesitaba pero
era tonto desaprovechar la oportunidad ¿qué hice? Fui oportuna y me la llevé.
El caso es que después no supe qué hacer con ella y la dejé abandonada en una
calle cualquiera. Así que fue un robo oportunista. La ocasión hace al ladrón.
Cuando tenía 16 años, estaba una tarde leyendo La Muerte en Venecia sentada en la
banqueta afuera de mi casa. El esposo de mi vecina, un "señor" como
de 28 años que me caía muy bien se sentó conmigo a ver qué leía. Me dijo que a
él le encantaba leer y que me quería enseñar su bibliotequita. Yo era muy joven
para medir el peligro, pero lo intuía y me atraía igual que atrae un abismo. Me
atraía también porque me gustaba sentirme elegida por alguien. Y Pancho, que
era súper simpático y guapo, y me decía "la dulce Mara" me eligió ese
día; me ofreció lo que yo ví como una oportunidad y la tomé sin pensar en su
esposa, ni en mi familia, ni en nada. Entré a su casa, Pancho puso Demián, de Hesse, en mis manos y
mientras yo leía en voz alta eso de que el pájaro rompe el cascarón y vuela
hacia Abraxas, él acariciaba mi pelo y masajeaba mis hombros. Voteé y le dije
que así no podía leer porque se me movían las letras, y ahí fue cuando el muy aprovechadote
me dio un beso con lengua y todo. Primero me dejé, no sé por cuánto tiempo,
pero luego me asusté y salí llorando. Mal. Muy mal, inoportuna pececita: Jorge,
que en ese entonces tenía 22, venía llegando y se acercó inmediatamente
preguntando qué pasaba y me gritó que me metiera a la casa ¿qué habrá
imaginado? Nunca lo supe. Ve tú a saber qué explicación le dio Pancho a mi
hermano, porque afortunadamente no me dijo nada y de ahí no pasó el susto.
Pancho para que ya dejara de sentirse culpable y no me olvidara.
Si pasaba cerca de mí, le tocaba la mano o lo que me quedara al alcance. Ni
siquiera sé por qué, porque el mugre beso no me había gustado nada, es más, me
había dado asco ¿por qué entonces no lo quería dejar ir? Lo peor es que Laura
su esposa me caía muy bien, siempre platicábamos y ella me preguntaba por mis
compañeros de la prepa, que quién me gustaba y cosas así. A veces sentía un
poquitín de culpa, pero lo veía como parte de la aventura o como que yo era
otra persona y mejor no pensaba en eso cuando estaba con Laura. Y sí, sí tenía
quién me gustara, alguien de mi edad: Mateo, un chavo sensible que quería estudiar
letras cuando saliera de la Prepa 2. Una cosa no quita a la otra; yo jamás
pensaría en Pancho para un futuro. Ni siquiera para el presente. Siempre fui
muy respetuosa del matrimonio y de la familia. Además, no me quería quedar en
Monterrey. En cuanto pudiera yo iba a volar. De eso estaba segura. Lo único que
quería es que Pancho siguiera interesado en mí, quería ser especial para él y
si para eso tenía que soportar algunas cosas, pues bueno. Y de esto ni una
palabra a nadie. Nunca se supo.
Aunque
me iba a ir algún día, también estaba segura de que en ese momento me gustaba
mucho Mateo, me gustaba que tuviera el pelo largo y oscuro, que fuera rebelde
(¿a qué joven no le gusta?) y que fumara marihuana, me gustaban las cosas que
decía, me gustaban sus ojos color miel, su poesía y lo que platicábamos
mientras caminábamos por la Alameda. Sus besos sí que eran bonitos. Dulces
tiernos, suaves, casi de periquito y no cerraba nunca los ojos cuando me besaba.
A Mateo le gustaba mucho ver lo que hacíamos y yo me sentía en plena confianza
con él. Dos jóvenes de 16 años no tienen muchas oportunidades de estar solos,
pero siempre encuentran la oportunidad y nosotros la encontramos en su casa. El
fue el primero en mi vida y yo sé bien que si el mono no hubiera movido los
hilos me hubiera quedado con él hasta hoy. En ese entonces yo estaba segura de
ser un pez. Como ya dije, me creía artista, sensible, dulce y muy buena
persona. Ahora sé que tuvieron razón al decirme muchos años después -¿Piscis
tú? No... más bien pareces escorpión: cabroncita, cabroncita. Será. Pero escorpión, piscis o mono, extraño mucho
a Mateo, a pesar de que me enamoré muchas veces después. Creo que lo que
extraño es la alegría de mi juventud y la manera como nos queríamos Mateo y yo.
Como se quieren los que van subiendo
la colina y no saben qué hay del otro lado, con la alegría, la risa y la
frescura de la juventud y del primer amor. Jugábamos a los papás y hablábamos
de Mateíto, nuestro hijo con la cara llena de chocolate y peleábamos porque
ninguno lo quería regañar. El quería ser el papá consentidor y que yo pusiera
la disciplina. Ni maiz. Nunca se lo acepté porque no quería ser la bruja del
cuento. Nos lo tomábamos tan en serio, qu una vez nos enojamos toda una semana
por esa tontería de Mateíto, que ni en el pensamiento de Dios existía, porque
jamás nació. La que sí nació, y que nunca quise ni pienso en ella, no sé cómo
se llama ni quién la tenga.
