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viernes, 3 de diciembre de 2010


Acabo de ver la fecha de inscripción al blog y me doy cuenta de todo el tiempo que pasó y jamás escribí nada. Lo abrió Martha ¿escriben ellas todavía? Al rato checo.
El año pasado terminó con lágrimas, como un presagio de lo que sería el 2o1o. He perdido tantas cosas en el camino que ya casi no me reconozco. Mi vida cambió súbitamente. Mi nido se vació antes de tiempo. Dejé mi tierra y llegué a esta isla con muchas espinas en el corazón. Antes entraba al mar para ver si la sal secaba las heridas. Pero fui perdiendo las ganas de todo y ya hace mucho que no esnorqueleo. Ahora el mar está frío y tendré que esperar a que llegue el verano si es que quiero volver a entrar. Los arrecifes son hermosos y el agua tan transparente es una belleza, pero me gustaría que tuviera tanta arena como hay en la Isla del Padre. Que la entrada al mar fuera así, con un suave declive y sin piedras. Me gusta jugar en la arena y caminar en ella con el mar acercándose a mis pies. Eso no se puede hacer aquí. Hay que cargar con aletas, visor y snorkel.
La calma parece regresar poco a poco a mi vida. Las ganas de seguir adelante me las devolvieron siete adolescentes, cinco niñas y dos niños a quienes afortunadamente veo todos los días (bueno, una de ellas falta muy seguido). ¡Cómo los voy a extrañar cuando se vayan en mayo! Todos son lindos, de todos aprendo algo. Ojalá que logre que ellos también aprendan algo para siempre. Por lo menos creo que no van a olvidar que los sofistas cobraban y que Diógenes el cínico dormía en un barril. Ah, y que Maquiavelo no se llamaba Ignacio. Voy a hacer una lista el lunes, preguntándoles qué cosas creen que no van a olvidar.

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