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sábado, 16 de julio de 2011

ACABO DE ENCONTRAR ESTE ESCRITO CUANDO, PRECISAMENTE MAÑANA, VOY A MONTERREY. NO HE VUELTO DESDE QUE ESCRIBÍ ESTO Y PIENSO QUE LA SENSACIÓN SERÁ LA MISMA PERO AUMENTADA. AHORA SÍ VACIAREMOS LA CASA.


Aquí estoy, en mi segundo día en Monterrey. Como a las doce intentamos Elisa y yo ir a Layla, pero no había lugar. Después fuimos a Banamex y a Soriana, volvimos a casa a comer. Hoy amaneció neblinoso, muy fresco para ser abril. La tortuga sigue dormida. Me dicen que salió hace poco pero sólo uno o dos días. El calentamiento global cambia todo y ella debe estar desconcertada porque normalmente despierta en marzo, después del 21.
Yo también me siento rara, creo que todos nos sentimos raros. Nuestras vidas han cambiado enormemente y ya no somos una familia como todas. Dos hijos viviendo aquí, en una casa enorme, una hija y una nieta en Francia, un hijo y un nieto en Tijuana y yo en Cozumel. Ya no sé cuál es mi sitio. La vida avanza y yo ya estoy a seis años de la famosa tercera edad. Estoy muy desconcertada y el sentimiento es mayor quizá por el clima melancólico que me envuelve. Hay un silencio extraño.
Veo todas las cosas que hay aquí, lo acumulado en años a pesar de haber tirado un montón de cosas en el cambio de Petrarca a Málaga y de Málaga a Cozumel, y todo adquiere un carácter absurdo... podríamos vivir con tan pocas cosas! Aquella cosa que en su día fue tan codiciada, o aquella otra que se compró sólo porque sí permanecen ahora solitarias, inútiles. Yo ya no viviré aquí, y en Cozumel esas cosas estarían de más así que ¿para qué las quiero? Triste nostalgia. Ojalá salga el sol; ni siquiera he podido ver mis montañas.

Monterrey, N.L. a 16 de abril de 2010.