No quiero cantar Victoria; soy supersticiosa (me gustaría más cantar con Victoria Boeldieu). Pero lo voy a tratar de explicar.
Un día de diciembre, hará como un mes, algo hizo que el pedacito de espejo que construyó el enano malvado de la Reina de las Nieves, se saliera de mi ojo. Se había instalado ahí un mal día del 2002. Recuerdo el instante en que eso sucedió, en Petrarca, y recuerdo mis palabras (pensadas), entre sorprendida y asustada: "Estoy aburrida". Hacía mucho que no albergaba ese sentimiento. No desde que crecí. De niña sí, de niña me aburría y vivía esperando que el imprevisto tocara la puerta de mi casa. No me importaba qué cara tuviera, ni en qué forma se presentara. Quería que algo pasara, lo que fuera: la visita de una tía, una tormenta, que se fuera la luz, que hubiera un funeral, un accidente, cualquier cosa que nos sacara de la asfixiante rutina a mi hermana y a mí. Los demás, no sé. Al parecer sí se divertían.
Siempre me gustó pintar, construir, trabajar con mis manos. Pero más o menos en 1980, cuando trabajaba de copy en Stereo Rey, mamá me enseñó a tejer con dos agujas. Lo primero que hice fue un suéter color vino para Adrián y me divertía tanto tejer, que sólo quería estar en casa para hacer eso.
Después vinieron miles y miles de trabajos manuales diferentes. Infinidad de materiales pasaron por mis manos. Hice de todo. Entrar a una tienda donde vendieran pinturas, pinceles, madera, cualquier clase de herramienta o material, aceleraba mi corazón. Viví incontables horas felices creando objetos. Vendí y regalé muchos de ellos y otros tantos los conservo aún. No sabía lo que era estar aburrida. En mi pequeño tapanco las horas pasaban sin que me diera cuenta. Hasta ese día en que el espejo entró en mi ojo y no me dejó ver más que hacia dentro de mí en donde solo encontré soledad. Y sufrí, lloré, me angustié. Tuve miedo, tuve pánico. Bajé al infierno de la desesperación.
Después de varios años, mientras la corriente del desamparo ontológico me arrastraba a su gusto, logré asirme a un tronco que me mantuvo en la orilla un buen rato y creí que había llegado a las islas afortunadas. Fui muy feliz. Pero la rama que me sostenía se quebró y ahí voy dando tumbos, y la corriente fangosa me llevó a un lugar mucho peor, al tártaro hirviente. A punto estuve de sucumbir, pero no, aquí sigo.
Diez largos años pasaron: 2002-2012. Hoy estoy en paz, aún no muy feliz, pero sí contenta y tranquila. Creo que he dado el paso de la aceptación. Creo que durante los últimos cuatro años vomité el veneno que traía en el alma a diestra y siniestra y el pasado diciembre acabé; sentí el alivio que se siente cuando terminas de vomitar. Por eso digo que estoy tranquila; ese es el tipo de felicidad que tengo, la que sientes cuando por fin sales de una enfermedad o se te quita un dolor. Descanso.


No hay comentarios:
Publicar un comentario