De niñas, la llegada de septiembre me emocionaba, porque además de que terminaba el verano, comprar libros, forrarlos e ir a clases, era algo diferente al hastío de mi casa oscura y caliente. A María no le gustaba el colegio y forrar libros le daba flojera.
Cuando llegaba el primer frente frío mi corazón brincaba de gusto. El de María se ponía triste porque le gustaban las flores y el sol. Éramos y somos muy diferentes pero muchas cosas nos unían. Una de ellas era el deseo de que algún día llegara a nuestra casa el imprevisto. Deberíamos llamarlo lo imprevisto, pero nosotras le dimos personalidad y siempre que escuchábamos el timbre nos mirábamos y decíamos "El imprevisto". Hubo alguno que otro evento que nos sacó de la rutina, pero nada emocionante.
Las dos éramos tímidas, pero con una timidez diferente. Yo tenía el deseo de aventura por dentro y quizá por eso hacía cosas inesperadas para los adultos. María sufría el miedo al abandono, miedo que yo también tenía pero que convertí en otra cosa. Yo nunca lloraba. María lloraba por todo. Fuimos niñas de nanas, niñas llenas de hermanos, niñas solas, niñas temerosas. Niñas que se escondían debajo de la mesa cuando llegaban las tías -cómo si nos fueran a notar-, niñas que nunca llegaron a ser nadie para la abuela (¡otra mujer! dijeron cuando nacimos). María y yo entendemos lo que es sentirnos en "día del pasado", sabemos cómo se escucha el ladrido de un perro en una larga noche de insomnio infantil, cómo se oyen las chicharras y entra el sol vespertino por las pesadas persianas de la sala. Conocemos esa triste sensación de llegar de vuelta a Monterrey en agosto, caminar descalzas por el piso caliente de la cocina y querer salir volando de nuevo a Chapala, donde había tantos primos, diversión, libertad, aventura, una mamá contenta, caballos, alberca, cosas diferentes cada día.
Hoy pienso que tal vez el imprevisto vivía en Chapala, porque ahí no lo extrañábamos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario