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sábado, 13 de abril de 2013


Solía ser un pez

Mara era dulce y desconcertante, era prudente e inconsciente, era llena de gracia pero no lo creía. Se sabía mala, muy compasiva y misericordiosa y hoy, sentada en un camastro de la playa del Money Bar en Cozumel, releía lo que había estado escribiendo las últimas semanas.
Pidió una cerveza y unos nachos y leía una y otra vez la descripción del Mono. La había copiado en su moleskine con una caligrafía bonita, realizada con un marcador de punta plana y con tinta sepia. Estaba escrita como un verso y la había encontrado en donde se encuentra todo, en internet:
Soy el oportuno,
Viajero del laberinto.
Genio de la vivacidad,
Brujo de lo imposible.
El esplendor de mi originalidad
No conoce par.
Lleno está mi corazón de potente magia
Capaz de mil ensalmos.
He sido hecho
Para mi propio placer.
SOY EL MONO
Hacía mucho que sabía que, para el horóscopo chino, ella había nacido en el año del mono. Pero olvidó el asunto porque jamás se sintió identificada. Esa persona que describían ahí, un ser con una buena dosis de egocentrismo, no tenía nada que ver con ella. En cambio el horóscopo tradicional, que la marcaba como una dulce piscis, le quedaba a la perfección. No había duda alguna: Mara era piscis y siempre lo dijo con orgullo. Le gustaba el mar, nadar entre los peces, los zapatos le molestaban, le gustaba el arte y caminar descalza.  No era una ferviente seguidora de lo esotérico, pero le gustaba que le dijeran cómo era. Fue muchas veces a que le leyeran las cartas, el café, la mano, cualquier cosa tratando de encontrar algo que la convenciera que existían cosas más allá de la ciencia, pero nunca encontró un vidente que la convenciera.
Ya no era la misma. Los años no pasan en vano y había cambiado de manera de ser, o había dejado salir a la que realmente era. Pero había olvidado por completo que cuando leyó la descripción del mono pensó que no le quedaba para nada. Ahora había leído de nuevo todo acerca del mono y casi se veía en un espejo. Mara decidió hacer una comparación entre los atributos del mono y los suyos y esto fue lo que escribió:

SOY EL OPORTUNO
Mira que me la pusieron difícil. Oportuno... ¿Soy oportuna? Pues depende en qué y para qué, porque a veces soy de un inoportuno que da miedo. Pero no sé, hace unos meses me dijeron que llegué como caída del cielo y que yo era exactamente lo que buscaban. Aunque luego ni hice nada de lo propuesto porque ya no quise, porque me dio flojera, porque la oportunidad la busco para huir, para esconderme, para quedarme en mi zona de confort (expresión de moda con forma de sillón).

Sí, sí he sido oportuna o la vida lo ha sido conmigo. Fui oportuna al decir No, no tengo la lista de libros y fui muy oportuna al no volver a dirigirle la palabra a aquel compañero que me pidió la dichosa lista en mi primer semestre de prepa y que me hubiera cambiado la vida por completo.
Oportuno, oportunidad y oportunistas. Dicen que a la oportunidad la pintan calva. Y yo siempre la he sabido aprovechar. A veces me sale el tiro por la culata -nadie es perfecto-, pero por lo general sé actuar en el momento oportuno. Cuando era niña tuve la oportunidad de robarme una bicicleta. No había nadie y la bici estaba ahí, solita. Yo en realidad no la necesitaba pero era tonto desaprovechar la oportunidad ¿qué hice? Fui oportuna y me la llevé. El caso es que después no supe qué hacer con ella y la dejé abandonada en una calle cualquiera. Así que fue un robo oportunista. La ocasión hace al ladrón.

Cuando tenía 16 años, estaba una tarde leyendo La Muerte en Venecia sentada en la banqueta afuera de mi casa. El esposo de mi vecina, un "señor" como de 28 años que me caía muy bien se sentó conmigo a ver qué leía. Me dijo que a él le encantaba leer y que me quería enseñar su bibliotequita. Yo era muy joven para medir el peligro, pero lo intuía y me atraía igual que atrae un abismo. Me atraía también porque me gustaba sentirme elegida por alguien. Y Pancho, que era súper simpático y guapo, y me decía "la dulce Mara" me eligió ese día; me ofreció lo que yo ví como una oportunidad y la tomé sin pensar en su esposa, ni en mi familia, ni en nada. Entré a su casa, Pancho puso Demián, de Hesse, en mis manos y mientras yo leía en voz alta eso de que el pájaro rompe el cascarón y vuela hacia Abraxas, él acariciaba mi pelo y masajeaba mis hombros. Voteé y le dije que así no podía leer porque se me movían las letras, y ahí fue cuando el muy aprovechadote me dio un beso con lengua y todo. Primero me dejé, no sé por cuánto tiempo, pero luego me asusté y salí llorando. Mal. Muy mal, inoportuna pececita: Jorge, que en ese entonces tenía 22, venía llegando y se acercó inmediatamente preguntando qué pasaba y me gritó que me metiera a la casa ¿qué habrá imaginado? Nunca lo supe. Ve tú a saber qué explicación le dio Pancho a mi hermano, porque afortunadamente no me dijo nada y de ahí no pasó el susto.

Pancho para que ya dejara de sentirse culpable y no me olvidara. Si pasaba cerca de mí, le tocaba la mano o lo que me quedara al alcance. Ni siquiera sé por qué, porque el mugre beso no me había gustado nada, es más, me había dado asco ¿por qué entonces no lo quería dejar ir? Lo peor es que Laura su esposa me caía muy bien, siempre platicábamos y ella me preguntaba por mis compañeros de la prepa, que quién me gustaba y cosas así. A veces sentía un poquitín de culpa, pero lo veía como parte de la aventura o como que yo era otra persona y mejor no pensaba en eso cuando estaba con Laura. Y sí, sí tenía quién me gustara, alguien de mi edad: Mateo, un chavo sensible que quería estudiar letras cuando saliera de la Prepa 2. Una cosa no quita a la otra; yo jamás pensaría en Pancho para un futuro. Ni siquiera para el presente. Siempre fui muy respetuosa del matrimonio y de la familia. Además, no me quería quedar en Monterrey. En cuanto pudiera yo iba a volar. De eso estaba segura. Lo único que quería es que Pancho siguiera interesado en mí, quería ser especial para él y si para eso tenía que soportar algunas cosas, pues bueno. Y de esto ni una palabra a nadie. Nunca se supo.

Aunque me iba a ir algún día, también estaba segura de que en ese momento me gustaba mucho Mateo, me gustaba que tuviera el pelo largo y oscuro, que fuera rebelde (¿a qué joven no le gusta?) y que fumara marihuana, me gustaban las cosas que decía, me gustaban sus ojos color miel, su poesía y lo que platicábamos mientras caminábamos por la Alameda. Sus besos sí que eran bonitos. Dulces tiernos, suaves, casi de periquito y no cerraba nunca los ojos cuando me besaba. A Mateo le gustaba mucho ver lo que hacíamos y yo me sentía en plena confianza con él. Dos jóvenes de 16 años no tienen muchas oportunidades de estar solos, pero siempre encuentran la oportunidad y nosotros la encontramos en su casa. El fue el primero en mi vida y yo sé bien que si el mono no hubiera movido los hilos me hubiera quedado con él hasta hoy. En ese entonces yo estaba segura de ser un pez. Como ya dije, me creía artista, sensible, dulce y muy buena persona. Ahora sé que tuvieron razón al decirme muchos años después -¿Piscis tú? No... más bien pareces escorpión: cabroncita, cabroncita.  Será. Pero escorpión, piscis o mono, extraño mucho a Mateo, a pesar de que me enamoré muchas veces después. Creo que lo que extraño es la alegría de mi juventud y la manera como nos queríamos Mateo y yo. Como se quieren los que van subiendo la colina y no saben qué hay del otro lado, con la alegría, la risa y la frescura de la juventud y del primer amor. Jugábamos a los papás y hablábamos de Mateíto, nuestro hijo con la cara llena de chocolate y peleábamos porque ninguno lo quería regañar. El quería ser el papá consentidor y que yo pusiera la disciplina. Ni maiz. Nunca se lo acepté porque no quería ser la bruja del cuento. Nos lo tomábamos tan en serio, qu una vez nos enojamos toda una semana por esa tontería de Mateíto, que ni en el pensamiento de Dios existía, porque jamás nació. La que sí nació, y que nunca quise ni pienso en ella, no sé cómo se llama ni quién la tenga.






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